La paradoja de Yalom: aceptar la soledad para recuperar la libertad
¿Y si aprender a estar solo fuera precisamente lo que nos permite ser más libres con los demás?
Una opinión que no decimos.
Un «no» que termina convirtiéndose en un «sí».
Una relación que hace tiempo dejó de hacernos bien.
Una decisión que necesitamos consultar con varias personas antes de atrevernos a tomarla.
Aparentemente, son situaciones diferentes. Pero quizá detrás de todas ellas se esconda la misma pregunta:
¿Qué pasaría si los demás dejaran de aprobarme?
Necesitamos pertenecer. No hay nada extraño en ello. Queremos sentir que somos parte de algo, que importamos, que alguien nos elige.
El problema empieza cuando, para conseguirlo, dejamos poco a poco de elegirnos a nosotros mismos.
Y entonces surge una pregunta bastante incómoda:
¿Cuánto de lo que hacemos, pensamos o decidimos responde realmente a lo que queremos y cuánto responde simplemente a nuestra necesidad de encajar?
Hace décadas, el psiquiatra y psicoterapeuta Irvin D. Yalom planteó una idea que, en principio, puede no parecer demasiado reconfortante.
Y, sin embargo, quizá esconda una de las mayores formas de libertad.
La incómoda paradoja de Yalom
Yalom considera el aislamiento existencial una de las cuatro grandes preocupaciones de la existencia humana, junto con la muerte, la libertad y la falta de sentido.
Su planteamiento puede consultarse en su obra https://www.yalom.com/existential-psychotherapy?
Pero Yalom no habla simplemente de estar físicamente solo.
Habla de algo mucho más profundo.
Por íntima que llegue a ser una relación, siempre existirá una separación última entre una persona y otra.
Nadie puede sentir exactamente lo que sentimos. Nadie puede pensar exactamente nuestros pensamientos. Nadie puede experimentar nuestra existencia desde dentro.
Y, llegado el momento, nadie puede vivir nuestra vida por nosotros.
Puede parecer una idea triste.
Hasta que se mira desde el otro lado.
Porque si esa distancia es inevitable, quizá ya no tenga demasiado sentido pasar la vida intentando eliminarla.
Y entonces aparece la paradoja:
Aceptar que existe una parte de la vida que inevitablemente recorremos solos puede ser precisamente lo que nos permita empezar a vivir con mayor libertad.
No se trata de necesitar menos a los demás.
Se trata de necesitarlos menos para poder ser uno mismo.
El precio de necesitar encajar
Esta idea me parece especialmente relevante en el momento actual.
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de estar conectados.
Y probablemente nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para comprobar, prácticamente en tiempo real, si los demás nos aprueban.
Likes.
Seguidores.
Comentarios.
Grupos.
Tendencias.
Visualizaciones.
La aprobación incluso se ha convertido en algo que podemos contar.
Y cuando pertenecer se vuelve demasiado importante, ocurre algo casi imperceptible.
Se deja de decir una opinión para no incomodar.
Se acepta un plan que no apetece.
Se permanece en una relación que ya no hace bien.
Se evita poner un límite.
Se cambia una decisión después de escuchar lo que opinan los demás.
Ninguna de estas pequeñas renuncias parece demasiado importante por separado.
Hasta que aparece otra pregunta:
¿Cuántas veces hay que dejar de ser uno mismo para conseguir seguir perteneciendo?
Porque el precio de necesitar constantemente aprobación no es únicamente el estrés, la inseguridad o una baja autoestima.
También puede ser la pérdida de autonomía.
E incluso algo que pocas veces relacionamos con el miedo al rechazo: la pérdida de pensamiento crítico.
Si pensar diferente amenaza la pertenencia al grupo, dejar de cuestionar determinadas ideas puede convertirse en una forma de protección.
Y entonces el grupo ya no condiciona únicamente cómo se actúa.
Empieza también a condicionar cómo se piensa.
Estar solo no significa sentirse solo
Aquí hay una distinción importante.
No se trata de romantizar la soledad.
El aislamiento social involuntario y la soledad no deseada pueden generar un profundo sufrimiento.
Pero sentirse solo y saber estar a solas no son lo mismo.
Y la investigación psicológica contemporánea aporta algo especialmente interesante.
Thuy-vy Nguyen, Netta Weinstein y Richard Ryan estudiaron la relación entre autonomía, personalidad y motivación para pasar tiempo en soledad.
Encontraron que las personas con mayor autonomía —personas que tendían a comportarse de manera más congruente con sus propios valores, intereses y decisiones y eran menos vulnerables a las presiones externas— mostraban una mayor motivación autodeterminada para pasar tiempo a solas. Los resultados, además, no respaldaron la idea intuitiva de que esto fuera simplemente una cuestión de introversión.
El estudio original puede consultarse aquí:
https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371%2Fjournal.pone.0267185&utm_
Y esto cambia bastante la perspectiva.
Quizá saber estar solo no dependa simplemente de ser introvertido o extrovertido.
Quizá tenga también que ver con la capacidad de vivir de acuerdo con criterios propios.
Cuando estar solo deja de dar miedo
Aquí empieza a aparecer la libertad de la que hablaba al principio.
Cuando estar solo deja de resultar intolerable, también disminuye parte del poder que ejerce el miedo al rechazo.
Ya no es imprescindible mantener cualquier relación.
Ni aceptar cualquier opinión.
Ni recibir aprobación antes de tomar una decisión.
Ni convertirse constantemente en aquello que otros esperan.
Y aparece un espacio psicológico nuevo.
Libertad para decir que no.
Para abandonar una relación que ya no funciona.
Para mantener una opinión, aunque el grupo piense diferente.
Para establecer límites.
Para tomar una decisión sin consultar antes con cinco personas.
Para preguntarse:
¿Esto es realmente lo que quiero o simplemente es lo que necesito hacer para seguir encajando?
Paradójicamente, aprender a estar solo tampoco significa alejarse de los demás.
Puede significar exactamente lo contrario.
Porque cuando una relación deja de ser necesaria para escapar de la soledad, la otra persona deja de tener la función de llenar un vacío.
Y puede convertirse verdaderamente en una elección.
Saberlo no siempre significa poder cambiarlo
Aquí aparece otro problema.
Una persona puede saber perfectamente que necesita demasiado la aprobación de los demás y continuar sintiendo ansiedad ante el rechazo.
Puede saber que debería poner límites y seguir diciendo que sí.
Puede comprender que una relación le hace daño y sentir que es incapaz de marcharse.
Porque comprender algo conscientemente y haberlo aprendido emocionalmente son dos cosas diferentes.
Muchas de estas respuestas pueden haberse convertido con el tiempo en patrones automáticos:
Para ser querido hay que agradar.
Si alguien se enfada, existe peligro.
Estar solo significa no ser querido.
El propio valor depende de lo que piensen los demás.
Y una vez automatizadas, estas creencias pueden seguir condicionando emociones y comportamientos incluso cuando racionalmente ya no tienen sentido.
Este es precisamente uno de los ámbitos en los que puede trabajarse mediante hipnoterapia clínica y Rapid Transformational Therapy (RTT): identificar determinadas creencias, asociaciones emocionales y patrones automáticos para poder trabajar sobre aquello que los mantiene.
En el artículo cómo funcionan la hipnoterapia y la hipnosisexplico con más detalle por qué comprender racionalmente un problema no siempre es suficiente y cómo puede abordarse el trabajo sobre patrones que funcionan de manera automática.
También puede encontrarse información específica sobre Rapid Transformational Therapy (RTT) y su utilización dentro de mi enfoque terapéutico.
El objetivo no es dejar de necesitar vínculos.
Ni aprender a no necesitar a nadie.
Mucho menos convertir la independencia en aislamiento.
Se trata de poder querer a los demás sin necesitar constantemente su aprobación para saber quién se es.
La libertad de elegir
Quizá Yalom tenía razón y una parte de nuestra existencia sea inevitablemente solitaria.
Pero quizá eso no sea una condena.
Quizá sea precisamente lo que devuelve la libertad.
Porque cuando estar solo deja de ser una amenaza, pertenecer deja de ser una obligación.
Y cuando ya no resulta imprescindible encajar, aparece la posibilidad de elegir.
Elegir las relaciones.
Elegir las opiniones.
Elegir los límites.
Elegir la propia vida.
Y quizá ahí se encuentre la verdadera paradoja:
cuando deja de dar tanto miedo estar solo, también deja de dar tanto miedo ser uno mismo.
Sed felices
![]()
